miércoles, 21 de julio de 2010

Algunos recuerdos se vuelven poemas

Creo que tenía 4 de edad, una hermana, juguetes por aquí y por allá. Nada era oscuro en mi vida hasta que esa noche de huracán me extravié solitario, sin guía y sin ninguna mano que me ayudara en el camino. Me encontraron una hora después. Ese pedazo de vida se volvió indeleble casi para siempre. Ver a mi mama de nuevo es haber pasado de blanco y negro a un mundo de colores. Algunos recuerdos se vuelven poemas.

Precisamente lo recordé hoy

Afuera llueven nubes que se han rendido.
Mi voz se vuelve aguda cuando hablo en silencio.
Entonces salgo al traspatio atravesando la penumbra
que ilumina el negro oscuro del recuerdo que me angustió.
Hay brevedades que se alojan en edades casi eternas
y marchan con la espesura de alguien que no se irá.
Es el recuerdo de aquellas horas en la noche
que se escurrieron a cuentagotas en la oscuridad
cuando me extravié de la casa de cuentos azules,
de lo tibio rosado de la piel del hogar.
La noche me amordazó el corazón.
Me exprimió la ultima gota de aire.
Aun recuerdo los rostros de las calles
y sus esquinas de terror.
Ahora cada vez que miro el rostro de mamá
me convierto en aquel niño de 4 de edad
que se extravió en la oquedad de aquella noche de huracán.

domingo, 18 de julio de 2010

Un poema desde el aire turbulento

Hace mucho en mi primer viaje de mi ciudad a la capital en un avión bimotor, los pensamientos de terror, presagios malos, imagnes de accidentes abordaron mi mente sin pedir permiso cuando las turbulencias acariciaron el avión. Entre todo eso, este poema surgió entre ese torbellino de pensamientos casi como un abortivo.

Cualquiera lo diría


Desde el planeta gaseoso de las nubes
la vida se vuelve una delgadez trasparente
que puede montar como jinete
sobre mis canas abortadas a los 33,
y hacer resquebrajar con facilidad silenciosa
las latitudes profundas de las cosas diarias.
Recordamos los desfiles de féretros eternos,
heridas de profundos ríos en el pecho,
sombras de sonrisas serias inmóviles
inclusive las ramas desgajadas
por el infortunio de un invierno extraviado.
Cuando escuchas al cápitan desde su pulpito de controles
decir " Damas y Caballeros, volamos a 10 mil pies de altura"
es entonces cuando imaginas ataúdes
que se llevan en hombros de gente lejanas
que se siembran en el tragaluz de la tierra.
Pero señor - puedes decirme -
los feretros están en los cementerios
y en los cofres de las madres de sus hijos muertos.
Pero puedes llevarlos en el viento en tus hombros a cuestas
en un avión bimotor estremecido por el viento,
en un día cualquiera como hoy
a 10 mil pies de altura por ejemplo.